viernes, 19 de octubre de 2012


Una vida nueva


En “Resurrección”, la última de sus tres grandes novelas, León Tolstói aborda el difícil proceso de conversión que todo hombre debe atravesar para encontrar a Dios. Ambientada en los convulsos años finales del siglo XIX, la obra retrata también la sociedad rusa y expone los preceptos centrales del cristianismo.
Una vida nueva
Nejludov habría querido olvidar, no ver; pero ya no le era posible no ver. Aunque no viese la fuente de la luz que le revelaba su saber, como no veía la fuente de la luz esparcida sobre San Petersburgo, y aunque esta claridad le pareciese vaga, triste, ficticia, sin embargo le era imposible no darse cuenta de lo que le revelaba aquella luz, y sentía al mismo tiempo inquietud y gozo”.

Esta frase, extraída de la obra “Resurrección” nos introduce en una conmovedora historia que relata la vida de Dimitri Nejludov, un joven ruso perteneciente a una familia adinerada; pero con un inmenso vacío en su corazón y un sinfín de interrogantes que albergaba en lo más hondo de su ser. Este libro, sin duda, emergió de las profundidades de una sociedad que se vio bruscamente afectada por las ideas modernistas que marcaron el fin del S. XIX y el inicio de una nueva época en Rusia. Y es por medio de la literatura, que León Tolstói, el autor, buscó inculcar en la juventud de aquella era, los valores y la fe cristiana que se vieron en peligro de extinción. Este célebre novelista, considerado como uno de los más grandes literatos de occidente y de la literatura universal, en sus últimos años de vida y tras varias crisis espirituales, entregó su vida a Dios y se dedicó por entero a criticar a las instituciones eclesiásticas, lo que provocó su excomunión de la iglesia tradicional; sin embargo, fue “Resurrección”, su último libro, el reflejo de su estremecedora vida y un vivo testimonio de su encuentro con Dios.

En el siguiente párrafo, el lector podrá apreciar la impactante e irrefutable conversión del protagonista.  Asimismo, se evidencia en esta escena la agobiante necesidad del joven ruso por  acercarse a Dios y volver a sentir la paz que hacía muchos años se había esfumado de su alma. Es por ello, que esta transcendental obra lleva por nombre “Resurrección”, porque tanto para Tolstói como para Nejludov, estas líneas marcaron un punto y aparte en sus vidas.

Se detuvo, juntó las manos como hacía en su infancia, elevó los ojos y dijo:
-¡Señor, ven en mi ayuda, instrúyeme, penetra en mí para purificarme!
Oraba. Pedía a Dios que penetrara en él para purificarlo; y ese milagro, pedido en su oración, se había, sin embargo, cumplido ya en él. Dios, viviendo en su conciencia, había vuelto a tomar posesión de ella. Y no solamente sentía Nejludov la libertad, la bondad, la alegría de la vida; sentía también la fuerza del bien. Tenía los ojos bañados en lágrimas. Buenas, en tanto que lágrimas de felicidad, nacidas del despertar del ser moral dormido en él desde hacía años.
Se ahogaba. Avanzó y abrió la ventana que daba al jardín. La noche era fresca, blanca de luna. Y Nejludov contemplaba el jardín, lleno de una dulce luz argentada, y escuchaba y aspiraba el soplo vivificante de la noche.
-¡Qué hermoso es todo! ¡Qué hermoso es todo, Dios mío! -decía.
San Petersburgo, la segunda ciudad más importante de Rusia, donde se desarrolló la trama de esta magnífica obra, es considerada, como muchas otras ciudades alrededor del mundo,  un lugar que lleva el sello de la Iglesia tradicional. Así pues, Tolstói nos relata cómo el pueblo ruso vivía ajeno a Dios, y habitaba cerca a las imágenes y dioses gentiles.
Desde luego, el culto rendido a todos esos íconos de Ileria, de Kazán, Smolensko, es una idolatría de las más groseras, pero a la gente le gusta eso, cree en ellos, y por eso es preciso alimentar esas supersticiones.
Así pensaba Toporov, sin caer en la cuenta de que la gente ama las supersticiones precisamente porque siempre hubo y hay aún hombres crueles como él, Toporov, que, instruidos, emplean sus luces no para ayudar al pueblo a salir de las tinieblas de la ignorancia, sino, al contrario, para hundirlo mejor en ellas.

Por esta razón, el protagonista buscaba desesperadamente un encuentro con su Creador, una muestra contundente de la existencia de Dios, y de su reino celestial. Nejludov se refugió en las sagradas escrituras para encontrar respuestas que sólo la Biblia podía contestar. Y de esta manera, saciar su sedienta alma que pedía a gritos un manantial de agua viva donde sumergir sus aflicciones.

Después del Sermón de la montaña, que siempre lo había conmovido, leyó por primera vez aquella noche, mandamientos simples, claros, prácticamente realizables. Estos mandamientos eran en número de cinco:
El primer mandamiento (San Mateo, 5:21-26) enseña al hombre que no solamente no debe matar a su hermano, sino también que no debe irritarse contra él, ni considerar a nadie como estando por debajo de él, y que, si se querella con alguien, debe reconciliarse con él antes de hacer a Dios alguna ofrenda, es decir, antes de orar.
El segundo mandamiento (San Mateo, 5:27-32) enseña al hombre que no solamente no debe cometer adulterio, sino abstenerse también de desear la belleza de la mujer; y que debe, una vez unido a una mujer, no traicionarla nunca.
El tercer mandamiento (San Mateo, 5:33-37) prohíbe al hombre prometer lo que quiera que sea por juramento.
El cuarto mandamiento (San Mateo, 5:38-42) prescribe al hombre no solamente no devolver ojo por ojo, sino también, después de haber sido golpeado en una mejilla, ofrecer la otra; perdonar las ofensas, y  soportarlas con resignación.
El quinto mandamiento (San Mateo, 5:43-48) no solamente prohíbe odiar al enemigo, sino que prescribe también amarlo, acudir en su ayuda y servirlo.
Nejludov clavó su mirada en la luz de la lámpara y permaneció inmóvil. Recordó toda la bajeza de nuestra vida y se imaginó con claridad lo que ella podría ser si los hombres fuesen educados en estos preceptos, y un entusiasmo que hacía mucho tiempo que no experimentaba invadió su alma.

Por otro lado, Nejludov había cometido muchos errores en el andar de su vida pagana. Vivió su juventud de espaldas a Dios y esto lo llevó a quebrantar los preceptos y la fe cristiana. Y uno de sus mayores pecados, que trajo consigo innumerables consecuencias, fue el  mantener relaciones prematrimoniales con una muchacha que trabaja para sus tías. Esto dejó una marca imborrable en Katucha Maslova, la joven empleada,  quien después de ser expulsada de la residencia de las parientes del joven ruso, y saber que dentro de ella crecía una vida, se dedicó a una vida plagada de transgresiones.

«Va a pasar otro tren: tirarme debajo y todo habrá acabado», pensaba Katucha. Iba a poner en ejecución ese proyecto, cuando, en un momento de calma, su hijo, el niño que llevaba en su ser, se había estremecido de pronto, chocando contra las paredes de su vientre. Inmediatamente, toda su desesperación desapareció. Todo lo que unos momentos antes la había angustiado, el sentimiento de la vida que se le había hecho imposible, su odio hacia Nejludov, su deseo de vengarse de él mediante el suicidio, todo eso se había desvanecido. Y desde aquel día se había producido en ella aquel trastorno de su alma que la llevó a aquello en que se había convertido. En aquella noche terrible había dejado de creer en Dios. Hasta entonces había creído en Dios y en el bien; pero aquella noche se dijo que no había Dios. Aquel hombre al que ella amaba, que la había amado, ella lo sabía, la había abandonado y pisoteado sus sentimientos.

Por último, Tosltói nos deja una patente reflexión expresada por medio del protagonista. La vida del joven ruso se vio marcada por una infinidad de situaciones, su interminable búsqueda de Dios, la sociedad en la que se desarrolló, la necesidad de remediar sus errores y su inútil intento por compensar todo el dolor que había causado en aquella adolescente ilusionada. Y todo esto, hizo que Nejludov comenzara a ver el mundo con otros ojos, con ojos espirituales.

«Es lo que hacemos nosotros - pensaba Nejludov -. Vivimos en esta seguridad insensata de que somos nosotros mismos los dueños de nuestra vida y que nos es dada únicamente para gozar de ella. Sin embargo, eso es un evidente desatino. Si somos enviados aquí, es gracias a una voluntad cualquiera y con un fin fijado. Nos imaginamos que vivimos para nuestra propia alegría, y si nos encontramos mal es porque, como los viñadores, no cumplimos la voluntad del dueño. Ahora bien, la voluntad del dueño está expresada en estos mandamientos. Que los hombres sigan solamente esta doctrina, y el reino de Dios se establecerá sobre la tierra, y los hombres podrán adquirir la mayor felicidad que les es accesible.»

«Buscar el reino de Dios y su verdad, y el resto os será dado por añadidura.»
«Pero nosotros buscamos el resto y no lo encontramos.»
«¡He aquí, pues, la obra de mi vida! ¡Una acaba, la otra comienza! »
Desde aquella noche empezó para Nejludov una vida nueva y no tanto desde el punto de vista de las condiciones de vida diferentes con que se rodeó, sino porque todo lo que le ocurriría en lo sucesivo tendría para él una significación muy distinta que en el pasado.

“Fui un esclavo de la droga”“Fui un   esclavo de la droga”


Era un adicto que aparentaba felicidad en un mundo ficticio. Se perforó los brazos y la vida con cientos de jeringas. Fumó de todo. De aquel sótano cotidiano emergió Eduardo Roedel. Un nuevo hombre reconstruido en cuerpo y alma por Dios.

Vive entregado a Dios,con la salud mental restablecida y un presente ligado por completo al Movimiento Misionero Mundial y su obra evangelizadora, pero hubo un tiempo en el que Eduardo Roedel Calle estaba sumergido en lo más profundo de ese pozo oscuro y tenebroso llamado drogadicción. Era solo una sombra difusa de 185 centímetros de estatura. Un reflejo oscuro y perverso de un ciudadano común y silvestre. Vagaba por Lima, la capital del Perú, con las venas abiertas. Una existencia marcada por los problemas familiares y el hedonismo lo catapultó a los 12 años de vida fuera de las fronteras de la realidad y lo ubicó al lado de lo maligno por espacio de  dos décadas.
De una biografía matizada por su cercanía a la iglesia tradicional, en la que sirvió como acólito un quinquenio, Eduardo pasó a mediados de los sesenta a un romance trágico con las drogas. Un idilio que él, hoy cobijado por la gracia de Dios, recuerda con precisión: “yo formaba parte de la Iglesia San Ricardo en el distrito de La Victoria, pero la vanidad entró en mi mente. El Diablo me había estado aderezando. Entonces, pasé de estar en la misa todos los domingos a jugar cartas, fumar cigarrillos y beber tragos cortos. Luego, cuando entré a la secundaria, probé marihuana y empezó mi perdición”.
Guarecido en la intimidad de su hogar, un templo consagrado a Cristo y en el que destaca una amplia colección de biblias y banderas de Israel, Roedel Calle muestra su pasado sin tapujos. Habla en pretérito. Sus palabras son las de un superviviente que afirma con convicción que volvió a la vida por “el inmenso amor del Todopoderoso”. Acompañado por su esposa, Belialina Alvarado, repasa su ayer: “en mi hogar había muchos conflictos familiares. Crecí pensando que el General Serafín Quesada era mi padre, porque llevaba su apellido, hasta que un buen día mi madre Aurelia Calle decidió cambiarlo por el de mi padre biológico”.

Un hombre que salió del fondo
Con 56 años, Eduardo, hoy hombre de fe, a la distancia dice que su sometimiento a los estupefacientes fue producto “en gran parte debido a que mi familia vivía de espaldas a Dios. Los conflictos eran pan de cada día. Además yo sufría, en ese momento, una gran ceguera espiritual. Por eso caí en la drogas como un tonto y pensé que todo era un juego divertido. Entonces en el colegio pasé de la marihuana a la cocaína y me convertí por puro placer en proveedor de drogas de un grupo de amigos del distrito de San Miguel que estaba envuelto en una vida sórdida. Y eso pese a que llevaba dentro de todo una existencia normal, de familia bien, mis padres eran ejecutivos bancarios y yo era un estudiante promedio”.
Aquellos recuerdos lo estremecen a Roedel y refiere que tras esos días oscuros “vinieron momentos más tenebrosos. Mi hermano menor, Serafín Quesada Calle, también cayó en las drogas. Yo por mi parte, y pese a que ingresé a la universidad para estudiar contabilidad, me sumergí en el consumo de otras sustancias más destructivas y andaba siempre en las nubes”. De inmediato, frena su acelerado relato y se desahoga: “bendito sea el Señor que me protegió y cuidó mi vida. Su benevolencia me permitió graduarme de contador público, ingresar a trabajar a un banco y salir bien librado de una época durísima en mi vida”.
En la mitad de una existencia al margen de Dios, este hombre, que solía “fumarse” biblias enteras combinadas con marihuana al ritmo del movimiento hippie, tocó fondo cuando conoció los efectos narcóticos de la morfina.  Con marcas de guerra en sus brazos, como surcos enormes de un tiempo ya extinto, Eduardo cuenta que esta etapa fue: “brutal. Yo adoraba, sin saberlo, al diablo. Aparentaba ser un trabajador bancario normal pero era un personaje terrible. Fumaba marihuana a cualquier hora y en cualquier lado. Pero lo más triste era que me inyectaba morfina y paraba perforado por las agujas y delinquía sin vergüenza alguna para obtener la maldita droga. Era un esclavo de la droga”.
Del abuso constante y diario de la morfina, y otros narcóticos y sustancias como el hachís, ácidos lisérgicos, cocaína, alcohol, alucinógenos, anfetaminas, estimulantes y diversos psicofármacos, Roedel saltó a la destrucción familiar. Padre de un hijo y con 20 años de consumo, un buen día de 1986 descubrió que su hogar era una fantasía. “La morfina me llevó a robar innumerables farmacias y boticas de Lima. Encima mi vida conyugal era atroz. Mi mujer de aquel momento, que laboraba conmigo en el banco, empezó a salir con un compañero del trabajo y eso me llevó a la perdición total”, cuenta sobre el punto de quiebre que lo llevó ante Dios.
Después Eduardo, que fue internado incontables veces en clínicas especializadas por su familia y tratado por los mejores especialistas del país en salud mental, brinda más detalles de su ciclo de vida más negativo.  “Luego de enterarme que mi mujer me era infiel, cegado por las drogas, decidí cometer una atrocidad en contra del tipo que salía con ella. Planifiqué todo para violarlo, junto a un grupo de amigos adictos como yo, y dejarlo discapacitado, pero un día antes de cometer mi fechoría mi Dios bendito me iluminó y a través de un programa evangélico televisivo me mostró su palabra y sus obras”.
El efecto de mensaje divino fue inmediato y más poderoso que cualquiera de las sustancias producidas por la mano del hombre. En el acto Roedel se entregó al Señor. Supo que, de la mano de Dios, se podía ser un hombre nuevo. Y enseguida asistió a diversos templos cristianos, dejó las drogas, reestructuró su vida, enfrentó con valentía en 1989 la muerte de su hermano, debido a una sobredosis, se reencontró ese mismo año con Belialina, quien era pariente lejana de su progenitora, y la desposó dos años después y finalmente ingresó junto a ella al Movimiento Misionero Mundial en los inicios de los años noventa.
En la actualidad, con una maestría en contabilidad y feliz padre de un prestigioso economista (Joshua Roedel Gutiérrez), Eduardo atestigua que en la lucha entre el bien y el mal la victoria le pertenece al Altísimo. Elegido, entre las ovejas más descarriadas de la tierra, asegura que su testimonio le servirá a cualquier pecador para iniciar el camino de retorno a la casa del Señor. Con humildad, y al pie de la puerta de su domicilio y Biblia en mano, asegura que “el que clama por el perdón de Dios siempre encontrará respuesta”.

Hombre Nuevo


Hombre Nuevo
Fernando Ñaupari fue un tiempo Claudia Ñaupari. Su obsesión por ser mujer lo llevó a cambiarse de sexo. Ejerció la prostitución. Contrajo matrimonio. Tenía en apariencia todo lo que soñó, pero era infeliz. Hace unos años, Dios decidió recobrar su masculinidad. Su testimonio es la prueba de fe más contundente.
La biografíade Fernando Ñaupari Buendía es una historia de transformación y redención. Una vivencia de cambios, conflictos, desencuentros y dolor; pero también de mucho amor, perdón y salvación. Tenía ocho años cuando fue violado en una escuela de La Oroya, por un maestro, e ingresó de inmediato a un mundo donde la prostitución, el pecado, la homosexualidad, el alcohol y el dinero se convirtieron en parte de su cotidianeidad durante cerca de treinta años. Hasta que un día del año 2000, aquel varón, que incluso llegó a cambiarse de sexo y adoptar legalmente el nombre de Claudia, encontró en París, Francia, la Palabra de Dios y cruzó el primer peldaño para convertirse en un guerrero de la fe de Jesucristo.

Once años después, y luego de un largo camino, Fernando tiene claro cuál es el núcleo de su transformación: Dios. “El Señor cambió mi vida. Gracias a él me liberé de las garras del diablo, encontré la paz que tanto ansiaba y dejé atrás el pecado, junto a una vida sin sentido, y hoy soy un hombre nuevo que tiene el corazón lleno del amor de Cristo”, relata. Habla con una voz fuerte y grave, en medio de la Iglesia Central del Movimiento Misionero Mundial de Lima, y aclara que apela “a la bendición del Todopoderoso” para relatar de la mejor forma su testimonio con el firme objetivo de que el mundo entero, principalmente las familias peruanas, conozcan que el único camino a la Salvación es Cristo.

Sus palabras provienen de la verdad que vive hoy. “El pecado llegó a mi vida por desconocimiento de la palabra de Dios por parte de mis padres. Ellos eran católicos, vivían de espaldas a la verdad, adoraban imágenes, (Éxodo 20:4) practicaban el adulterio y me descuidaron. Fue por ello que los demonios de la homosexualidad a causa de la idolatria empezaron a operar en mi existencia”, narra con realismo. Luego, con las Sagradas Escrituras entre sus manos, revela que “desde muy niño me gustaron los vestidos, las muñecas y todas las cosas que le suelen agradar a las niñas”. Acto seguido, enmudece. El recuerdo lo abruma.

El hombre, que hoy viaja por el mundo difundiendo la Palabra de Jesucristo, luce lloroso. Como si de pronto le costara retroceder el tiempo y volver a aquellos días de su infancia transcurridos en las contaminadas calles de La Oroya. Sin embargo, coloca punto final a las lágrimas que inundan su rostro y dice: “yo no pedí ser homosexual. A mí me violaron y nunca dije nada en casa por miedo a que mi padre me golpeara porque él era muy violento, tomaba demasiado y gastaba su dinero en mujeres”. Segundos después, prosigue: “después de la violación terminé convertido en un chico rebelde. Fue allí donde empecé a vestirme con ropas de mujer, a llegar ebrio a mi casa y a tener sexo con mis compañeros del colegio”.

Ñaupari prosigue el repaso de su vida. “En mi casa cuando vieron que me iba convirtiendo en un pequeño homosexual me quisieron cambiar a golpes. Pero no hubo caso y mi padre, cansado de mi conducta, me botó a la calle a la edad de trece años”, revela. Entonces, mientras partía como un rayo hacia la capital del Perú, dice que su mente anidaba el objetivo de transformarse “por completo en una mujer”. Así llegó a Lima, a mediados de los setenta, y tras vivir dos años con unos parientes se empleó en un bar del Jirón Junín, en pleno Centro Histórico. Allí empezó a prostituirse.

La metamorfosis
Tiempo después, con mucho dinero fruto de la prostitución y una peluquería que usaba como fachada, comenzó su transformación. Fernando pasó a ser parte del pasado y nació Claudia, su otro yo. Fue uno de los primeros peruanos en someterse a una operación de cambio de sexo. “En ese tiempo no me importaba nada más que llegar a ser una mujer. Por eso cuando pude me operé. Aunque el proceso fue doloroso y tardé tres meses en tener una vida normal, para mí en ese momento era lo máximo”, reconoce.

Al igual que otros homosexuales, Ñaupari, revestido con la piel de Claudia, ingresó a una etapa de desenfreno para proseguir su mutación de hombre a mujer. Primero, a mitad de los ochenta, ya como portador de un documento de identidad con foto femenina, viajó a Brasil para terminar de perfeccionar su anatomía y prostituirse en las calles de Río de Janeiro en Brasil. De allí pasó a Milán, Italia, donde se quedó un par de años y fue testigo de excepción de la oleada de homosexuales peruanos que inundó la península itálica a inicios de los noventa. Luego, cansado de ver morir a sus colegas uno tras otro atacados por el Sida, se estableció en Francia y continuó transitando la calle y el alcohol. Al respecto,  sentencia: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones o homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores heredarán el reino de Dios (I Corintios  6:9)”.

El esclavo se libera
Fernando se transporta hasta esa época. De inmediato, le ronda entre sus labios el hecho más notable de su estancia en París y afirma: “en Francia, mientras ejercía la prostitución, se me presentó la posibilidad de realizar el sueño de toda dama: unirme en matrimonio con un hombre. Para mí, que me creía mujer, fue extraordinario y acepté de inmediato y me casé el 17 de diciembre de 1994, en Lima, cegado por el diablo”. Sin embargo, esa última pieza de su transformación no encajó a la perfección en su estructura interior y fue el punto de partida de su viaje de retorno. “A pesar de haber logrado mi sueño no era feliz y sentía que mi vida estaba marcada por el dolor”.

Ahora Ñaupari, quien estuvo casado 10 años y solía recorrer Europa cuando le “apetecía” y vestía ropa de los mejores diseñadores del mundo, recuerda todo aquello como “un auténtico infierno”. Una etapa dura y dolorosa: “era esclavo del pecado”. Pero todo por fin acabó cuando descubrió la Palabra de Dios y se percató que su existencia era un remedo de vida. Allí el poder de Jesucristo obró en él. Extendió una mano salvadora que lo ayudó archivar al personaje de Claudia y devolvió a la vida a Fernando. Un milagro que para este hijo de Dios, recién reconocido nuevamente como varón por la justicia francesa, es la mejor muestra del amor del Todopoderoso. ¿Quién puede dudarlo?.

Juan Bunyan


Bunyan nació en noviembre de 1628 en Elstow, cerca de Bedford.
Juan Bunyan
Hijo de un hojalatero, aprendió el oficio de su padre, pobres consiguio que aprendiera a leer y escribir y a los 17 años luchó en el ejército parlamentario durante la guerra civil. En 1648, se casó con Margaret Bentley cuyos padres eran miembro de los puritanas de la época y muy fervorosos, en la que ingresó tras experimentar una conversión religiosa. La lectura de Comentario a los gálatas, de Martin Lutero, le impresionó profundamente por encontrar en el libro su propia experiencia espiritual.

 
En 1655 se convirtió en uno de los líderes de una congregación de inconformistas de Bedford y empezó a pronunciar sermones como predicador laico en los que expuso las experiencias de su conflicto espiritual. Después de morir su esposa, volvió a casarse y se convirtió en un predicador famoso que reunía grandes audiencias, lo que levantó las iras del clero oficial que no admitía la libertad de predicación de los ignorantes o de los que no estaban ordenados. Su declaración teológica más importante de esta época se encuentra en La doctrina de la ley y la gracia (1659). Tras la restauración de Carlos II en 1660, los puritanos perdieron el privilegio de la libertad de culto y se declaró ilegal toda liturgia que no estuviera de acuerdo con la Iglesia anglicana. Bunyan, que persistió en sus prédicas prohibidas, acabó en la prisión del condado de Bedford de 1660 a 1672, aunque durante este tiempo se le permitió cierta libertad y pudo sostener a su familia haciendo cordones de zapatos.
 

Mientras estuvo en la cárcel, separado de su esposa y de sus hijos, especialmente de una hija ciega que tenía; su biblioteca consistió en la Biblia y El libro de los mártires del teólogo John Foxe. Estudiando el contenido y estilo literario de estas obras, empezó a escribir folletos y libelos. Antes de salir escribió la primera de sus obras importantes, su autobiografía espiritual, Gracia al mayor de los pecadores (1666).

 
En 1675 volvió a prisión durante seis meses por negarse a dejar de predicar; probablemente fue donde escribió la mayor parte de su obra principal, El progreso del peregrino. Viaje de un cristiano a la ciudad celestial, una alegoría del peregrinaje de un alma en busca de la salvación. La primera parte se publicó en 1678, la segunda en 1684. Durante su vida vio diez reediciones, y en su momento fue el libro más leído en Inglaterra después de la Biblia y ejerció una gran influencia en los escritores ingleses posteriores. Famoso por su estilo sencillo y bíblico, El peregrino está considerado como una de las mejores alegorías de la literatura inglesa, y ha sido traducido a mas de ciento cincuenta lenguas, El Peregrino es el libro de mayor circulación despues de la Biblia.
 

En los últimos años de su vida, Bunyan fue reconocido mundialmente, además de como clérigo puritano, como uno de los escritores más importantes. Aunque dedicó la mayor parte del tiempo al cuidado pastoral de su congregación, siguió publicando tratados teológicos, sermones y poesía, además su vida radicaba en su profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, que él tanto amaba, y en la perseverancía de sus oraciones a Dios a quien adoraba.

 
Murió de neumonía el 31 de agosto de 1688 en Londres a los sesenta años. Obras suyas son Vida y muerte de mister Badman (1680), una descripción de la vida de un depravado en la que condena de los vicios de la sociedad de la Restauración, La guerra santa (1682), una alegoría religiosa y social.

 
Otras obras escritas son las siguientes: "Gracia abundante para el principal de los pecadores", "Llamado al ministerio", "La conducta del creyente", "La gloria del templo", "El pecador de Jerusalén es salvo", "Las guerras de la ciudad de Alma humana", "Vida y muerte del hombre malo", "El sermón del monte", "La higuera estéril", "Discursos sobre la oración", "El viajero celestial", "Gemidos de un alma en el infierno", "La justificación es imputada" y el libro más vendido después de la Biblia "El Progreso del Peregrino

viernes, 17 de agosto de 2012


Amar a sus Enemigos.


 (Jesús dijo:)Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. – Mateo 5:43-45
Amar a sus Enemigos.
El sermón del monte es una maravillosa revelación de las palabras de Dios respecto a las relaciones de los hombres en la tierra. “Amad a vuestros enemigos”. ¡Qué declaración sorprendente! ¿Debemos amar a los que nos atacan y nos hacen daño?

Jesús, el Hijo de Dios, así nos lo pide. Pero, ¿Quién puede obedecer a ese mandamiento de amor? La Biblia responde: “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Así es como pasamos a formar parte de la familia de Dios. Si somos hijos de Dios, entonces tendremos la misma actitud de amor que nuestro Padre.

Dios ama a todos los hombres, tanto a pequeños como a grandes. Permite que todos disfruten del calor del sol y de la lluvia, tan necesarios para nuestra vida. También quiere que todos los hombres sean salvos (1 Timoteo 2:4). A nosotros no nos corresponde hacer diferencias entre una persona y otra. Por lo tanto debemos orar por todos los hombres para que reciban a Jesús como su Salvador. Pero para orar es necesario que nos acerquemos a él buscando su voluntad. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7). Así podremos amar a nuestros enemigos.

miércoles, 8 de agosto de 2012


El hombre que predicó a caníbales

Jhon Gibson Paton evangelizó tribus de remotas islas del Pacífico Sur conocidas como Nuevas Hébridas, al este de Australia y Nueva Zelanda. En pleno Siglo XIX, cuando el canibalismo y el oscurantismo imperaban, llevó la Palabra del Señor a poblaciones paganas.El hombre que predicó a caníbales
En una humilde cabaña cercana al condado de Dumfriesshire, en Escocia, creció en los albores del siglo XIX un pequeño niño de cabellos rizados llamado John Gibson Paton, del que nadie imaginó que algún día se convertiría en un gran misionero cristiano en las islas del Pacífico Sur. Nacido el 24 de mayo 1824 fue el mayor de los 11 hijos de James y Janet Paton y a lo largo de una existencia de ochenta y dos años supo plasmar una biografía enteramente dedicada a difundir la Palabra de Jesucristo.

Su padre, fabricante de medias, tres veces al día entraba a orar a un cuarto especial en su casa y eso lo inspiró para tener una vida de oración real y verdadera. Así, un buen día, cuando todavía John Gibson asistía a la escuela con ropa muy usada y rota su papá le dijo es hora de orar por vestimenta nueva. Entonces toda la familia se reunió en la sala para un culto. De pronto, se escuchó que se abría la puerta de la calle. John fue corriendo para ver quien había entrado, pero no había nadie ahí, sólo se encontraba un paquete con su nombre y cuando lo abrió descubrió que era ropa nueva para él.

Antes de cumplir los doce años, John Paton tuvo que dejar la escuela para empezar a trabajar en casa, aprendiendo el oficio de su padre. Aun cuando su lugar de trabajo era su propia casa la jornada era tan larga como en cualquier fábrica. Al igual que su padre, permanecía sentado frente a la máquina desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. Sin embargo, en sus tiempos libres o de descanso, John Gibson aprovechaba para leer la Biblia y durante ese tiempo creció su pasión y amor por la Palabra de Dios.

Con el tiempo se inscribió en la Academia Dumfries para realizar estudios de teología. Empero, su existencia no fue sencilla y debió trabajar en la distribución de folletos, haciendo labor de misionero y enseñando la Palabra de Dios para solventar sus gastos académicos. Fue en esas circunstancias que recibió una invitación para ser misionero en la Ciudad de Glasgow. De inmediato, aceptó con gozo y durante diez años trabajó entre la gente que vivía en algunos de los peores barrios de la urbe más grande de Escocia.

Paton fue ordenado ministro de Dios por la Iglesia Presbiteriana Reformada el 23 de marzo de 1858. Nueve días después, el 2 de abril, en Daimiel, Berwickshire (Escocia), se casó con Mary Ann Robson y 14 días más tarde, el 16 de abril, acompañado por el hermano Joseph Copeland, zarpó para el Pacífico Sur. De este modo, el siervo del Todopoderoso empezó a cumplir los designios del Creador quien le había mostrado la necesidad de evangelizar estas remotas islas ubicadas en la actualidad al este de Australia y Nueva Zelanda.

LA MUERTE Y EL DOLOR

Después de una travesía larga y agotadora, John y su esposa finalmente llegaron a Tanna, un territorio habitado en ese momento por caníbales, el 5 de noviembre de 1858. Su primera tarea fue aprender el idioma. Escuchando la conversación de la gente, y haciendo muchas preguntas, Paton fue conociendo cómo se llamaban algunos objetos y a la larga dominó el idioma y tradujo la Biblia al idioma local. Pero no todas las cosas le fueron bien. El 12 de febrero de 1859 nació su primogénito y tan sólo 19 días después su esposa Mary murió de fiebre tropical. Después, quince días más tarde, su hijo también dejaría de existir y se quedaría completamente solo.

A menudo la vida misionera de Paton peligró. Varias tribus de la región determinaron darle muerte. Cada vez que moría algún aldeano la gente le echaba la culpa al misionero. "Es Tu Dios", le decían. "Tenemos que matarte", le gritaban. Dos de los problemas comunes en aquella región eran el robo y la mentira. Los nativos se llevaban todo lo que querían, aun cuando perteneciera a John. Cuando eran descubiertos negaban haberlo hecho y rehusaban devolver el artículo robado. Debido a este problema el hombre de Dios perdió gran parte del equipo que había llevado consigo.

La existencia de John en el Pacífico Sur estuvo llena de un mar de dificultades. Vivió bajo constantes amenazas. Incluso las personas que parecían ser amigos suyos lo atacaban de cuando en cuando. Empero, después de cuatro años de predicar y sufrir, regresó a Escocia por un breve tiempo. Allí dedicó todo su tiempo a hablar a la gente sobre las necesidades del nuevo campo misionero. Instó a los jóvenes a salir como misioneros y solicitó contribuciones para la Obra de Dios. Cuando estuvo listo para regresar a las islas, en enero de 1865, Paton no iba solo, se había casado con Maggie Whitecross el 17 de junio de 1864.

El predicador, al lado de su nueva esposa, reanudó su obra misionera en las Nuevas Hébridas en Aniwa, una pequeña isla cerca de Tanna, enfrentándose nuevamente con enormes dificultades. En este lugar tuvo que aprender un nuevo idioma local, pero encontró que los métodos que había usado en Tanna también resultaron eficaces en Aniwa. Además, algunos de los habitantes entendían el idioma de Tanna y con la ayuda de ellos su aprendizaje fue mucho más rápido.

LLUVIA DE LA TIERRA

Paulatinamente, y con la ayuda de Dios, fue cosechando la confianza de los habitantes y así continuó con su ministerio, hasta que varias personas se convirtieron a Cristo en diversas partes de la isla. Sin embargo, los indígenas más radicales nunca dejaron de obstaculizar sus esfuerzos en los primeros años de su misión evangélica. Además, también tuvo en contra a las fuerzas de la naturaleza. Un huracán tropical, que sacudió Aniwa, demolió las construcciones que Paton había levantado.

Otra adversidad que vivió John fue la falta agua dulce. Para resolver el problema empezó a cavar un pozo y aseguró a la gente que finalmente encontraría el líquido elemento. Los nativos se rieron de él y pensaron que había perdido la cordura. "La lluvia viene del cielo", le decían mientras cavaba con mucho esfuerzo. Un día después de arduo trabajo, finalmente Paton se topó con tierra mojada. Sabía que el día siguiente encontraría agua. Así que reunió a la gente y le pidió que lo observaran mientras sacaba agua de la tierra.

"¡Lluvia de la tierra!", exclamó la gente. "¿Cómo lo lograste?", le inquirió más de uno. Entonces Paton les respondió que Dios le había respondido a sus oraciones. Como una gran bendición el pozo hizo más que cualquier mensaje cristiano para romper el yugo del paganismo en Aniwa. Así más tarde, cuando no llovió por mucho tiempo, el pozo salvó de la muerte al pueblo y muchos isleños se entregaron al Creador.

Después de algún tiempo de haberse estado reuniendo con los nuevos creyentes en sus hogares, el misionero les animó para construir un templo. Los recién convertidos se entusiasmaron con la idea y al poco tiempo comenzaron a levantar la edificación. Sin embargo, apenas culminada la construcción, un huracán azotó la isla y destruyó por completo el templo. Al principio la gente se desalentó, pero el cacique de la isla dijo: "no seamos como niñitos que lloran por sus arcos y flechas quebradas. Más bien, construyamos otro templo mejor para Dios".

Una vez más, los habitantes unieron sus fuerzas y edificaron un templo más grande y más hermoso que el anterior y lo dedicaron exclusivamente para adorar al Padre Eterno. Paton celebró la cena del Señor por primera vez en la nueva casa de adoración, en 1869. Posteriormente, luego de lograr la conversión de gran parte de la isla, le dio a la gente de Aniwa el primer himnario en lengua nativa.

Paton y su esposa también construyeron dos orfanatos, uno para varones y otro para niñas. Muchos de los jóvenes que se criaron en esos orfanatos llegaron después a ser evangelistas y maestros llevando el Evangelio a sus propias aldeas.

En sus últimos años, el siervo de Jesucristo se estableció en Australia desde donde ayudó a promocionar nuevas misiones a las Islas Nuevas Hébridas. Fue allí, en el estado de Victoria, donde el 28 de enero de 1907, a la edad de ochenta y dos años, John Gibson Paton acabó su obra terrenal y le regaló al mundo evangélico un ejemplo de servicio y fidelidad al Señor. Una estela de fe que quedó registrada en una serie de libros editados por su hermano James Paton y por su hijo Frank Paton

sábado, 4 de agosto de 2012


¡¡GRAN EVANGELIZACION EN COLOMBIA!!



VAMOS A LLEVAR EL MENSAJE DE DIOS A LAS ALMAS..



martes, 31 de julio de 2012


John Harper, el pastor que murió evangelizando en el Titanic hasta el último minuto


Cuando Harper oyó a un hombre rechazar su llamado a aceptar a Jesús, este le dio el chaleco salvavidas que llevaba y dijo: "Esto lo necesita más que yo". Hasta el último momento que estuvo a bordo del barco, Harper, instó a la gente a entregar sus vidas a Jesús.
John Harper, el pastor que murió evangelizando en el Titanic hasta el último minuto
Inglaterra. El hundimiento del Titanic cumplió 100 años la semana pasada. Entre los muchos honores, una iglesia escocesa honró a uno de sus pastores llamado John Harper.

El 14 de abril 1912, la revista comercial The Shipbuilder, describió al Titanic como el “prácticamente indestructible”, se había hundido con la famosa declaración formulada el 31 de mayo de 1911, cuando un empleado de la Compañía de Construcción Naval de la White Star, dijo: “Ni Dios puede hundir este barco”.

El predicador escocés John Harper y su hija Nana, de seis años, se encontraban a bordo del barco que tras hundirse murieron mil quinientas personas. Cuatro años antes, la esposa de Harper había fallecido dejándole una niña llamada Nana que tenía seis años.

El motivo de su viaje en el Titanic, era predicar en una de las iglesias más grandes de los Estados Unidos de la época, la Iglesia Moody en Chicago. La iglesia estaba esperando su llegada, no sólo porque iba a predicar una serie de mensajes, inclusive oficialmente estaba aceptado a que se convirtiera en un pastor en Estados Unidos.

Harper, era conocido como un orador interesante y había pastoreado dos iglesias en el Reino Unido, Glasgow y Londres. Su estilo de predicación era apropiado para un evangelista como lo atestiguan las palabras de un pastor amigo. “Era un predicador del aire, utilizado para hablar a grandes audiencias… Él tenía una gran comprensión de las verdades bíblicas que le permiten hacerle frente con éxito a todos los ataques en contra de la fe”.

Cuando el Titanic golpeó el iceberg, Harper, como una medida de precaución, puso a la niña en uno de los botes salvavidas, dejándola al cuidado de un primo mayor que también los acompañaba en el viaje (esa medida de precaución le salvó la vida a Nana Harper, que murió en 1986 a la edad de 80 años).

El predicador podría haberse sumado a su hija, pero optó por dar a las personas otra oportunidad de conocer a Cristo. Hay registros de que Harper, le habló a cada persona que estaba en pánico y les expresó acerca de la necesidad de aceptar a Cristo.

Cuando el agua empezó a hundir el barco, Harper empezó a gritar: “Que las mujeres, los niños y los no creyentes suban primero a los botes salvavidas”. Cuando Harper oyó a un hombre rechazar su llamado a aceptar a Jesús, este le dio el chaleco salvavidas que llevaba y dijo: “Esto lo necesita más que yo”. Hasta el último momento que estuvo a bordo del barco, Harper, instó a la gente a entregar sus vidas a Jesús.

Cuatro años después que se hundió el Titanic, durante una reunión, un sobreviviente del Titanic, contó su primer contacto con Harper en medio de las aguas heladas del Atlántico. Él declaró que él se aferraba a un pedazo de madera, cuando Harper nadó hacia él y le dijo: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”, pero el hombre rechazó la oferta en un primer momento.

Sin embargo, al oír nuevamente: “Cree en el Señor Jesucristo”, y sabiendo que estaba solo, a la deriva, y con dos millas de agua bajo sus pies, aceptó creer en Jesús. Poco después, el sobreviviente vio a Harper que sucumbió ante el frío y se hundió, dijo el hombre ante en la reunión de los sobrevivientes diciendo simplemente: “Yo soy el último convertido de John Harper”.

Nana, hija de Harper, fue rescatada y enviada de vuelta a Escocia, donde creció, se casó con un pastor, y dedicó su vida al Señor.

John Harper, nació en un hogar de padres cristianos el 29 de mayo de 1872. Fue en el último domingo de marzo de 1886, cuando tenía trece años de edad que recibió a Jesús como el Señor de su vida. Comenzó a predicar unos cuatro años más tarde, a la edad de 17 años de edad para bajar a las calles de su pueblo y predicarles a los hombres a que reconciliaran con Dios.

Escuelas de Dios

Miles de Escuelas Dominicales del Movimiento Misionero Mundial en el planeta, imparten cada domingo la Palabra de Dios. Una sólida estructura educacional y espiritual capaz de atraer con amor a todas las almas hacia Jesucristo.
Escuelas de Dios
María apenas tiene cuatro años de vida pero ya sabe quién es Dios. Sus mejores amigas, Raquel y Sara, también conocen al Señor a despecho de que aún son unas pequeñas infantes que están descubriendo paso a paso el universo que los rodea. Viven en Medellín, la tercera ciudad más poblada de Colombia y forman parte de una de las miles de Escuelas Dominicales que posee el Movimiento Misionero Mundial en el planeta. María, Raquel y Sara están creciendo lejos de la malicia y perversidad del mundo profano y muy cerca de Cristo. Rodeadas de espiritualidad y sin relación con lo carnal, ellas cada domingo edifican su futuro en las vías del cristianismo. 

Cientos de millones de niños, como María, Raquel y Sara, se han beneficiado desde 1780 con el trabajo desplegado de Escuelas Bíblicas Dominicales, iniciado por el inglés Robert Raikes, a favor de la difusión de las temáticas más importantes de las Sagradas Escrituras. Empero, en los cuarenta y nueve años más recientes, la Obra del Movimiento Misionero Mundial (MMM) es la que ha desplegado todo el esfuerzo necesario para convertir a las Escuelas Dominicales en un gran y maravilloso imán de fe. Una sólida estructura educacional y espiritual, tejida alrededor del planeta, capaz de atraer con amor a las almas más tiernas y puras hacia Jesucristo.

Con presencia en los cinco continentes, las Escuelas Dominicales del MMM son el taller ideal donde se moldea a los futuros seguidores de Señor. Precisamente, la Escuela a la que asisten María, Raquel y Sara, ubicada a cuatrocientos kilómetros de Bogotá, condensa una gran porción de las bondades de la enseñanza bíblica impartida por la Obra. Encabezado por el reverendo Gustavo Martínez, Presidente Internacional de la Obra, y dirigido por la hermana Amparo Arredondo, este centro de instrucción evangélico dispone de un plan de estudios moderno que otorga preferencia al uso de recursos tecnológicos en la familiarización con el Creador.

En las Escuelas Dominicales de la Obra se dedica un tiempo exclusivo para la creatividad, la música y el arte en general. Existe en todas un espacio consagrado a alabar y glorificar al Señor a través de diversas expresiones artísticas. En consecuencia, y como un efecto natural de la educación bíblica, los niños y niñas y adolescentes que acuden a la casa de Dios reciben clases de teatro y son adiestrados en el manejo de diversos instrumentos musicales.

El sistema y métodos empleados por el Movimiento Misionero Mundial dentro de sus Escuelas Dominicales para enseñar la Palabra, se rige bajo el mismo criterio y se sustenta en las doctrinas fundamentales de la Sagrada Escritura. Así, por ejemplo, en la Escuela Bíblica Dominical de la zona de Canta Gallo, ubicada en el municipio puertorriqueño de Guaynabo, al igual que las del resto del mundo, la estructura de los contenidos de las clases busca educar a los menores entre los tres y dieciséis años de edad con sólidos valores y principios cristianos. La idea, según su representante, el reverendo Rubén Concepción, es convertir a la Escuela en la "espina dorsal de la Iglesia".

Los alumnos que asisten a las Escuelas Dominicales de la Obra, alrededor de la tierra, reciben una instrucción bíblica de altísima calidad con la que la mayoría de los mortales terrenales ni siquiera puede soñar. Carlos Medina, Supervisor Nacional del MMM de España y director de las Escuelas de la Obra en la Península Ibérica, indica que la organización evangélica más importante de habla hispana en Europa prioriza que los profesores y maestros a cargo de las Escuelas se capaciten de forma constante y permanente. Ese impulso fortifica las temáticas abordadas en las clases impartidas semanalmente a nivel mundial y le otorga una gran dosis de excelencia al grupo humano formado en la fe evangélica.

EXPRESIONES ARTÍSTICAS

En las Escuelas Dominicales de la Obra se dedica un tiempo exclusivo para la creatividad, la música y el arte en general. Existe en todas un espacio consagrado a alabar y glorificar al Señor a través de diversas expresiones artísticas. En consecuencia, y como un efecto natural de la educación bíblica, los niños y niñas y adolescentes que acuden a la casa de Dios reciben clases de teatro y son adiestrados en el manejo de diversos instrumentos musicales. En relación a este punto, y para demostrar su importancia en el acercamiento a las cosas del Señor, la Escuela de la Iglesia de Oppama, localidad japonesa, incluso recurre al idioma y las costumbres locales bajo la supervisión del reverendo Enrique Ogusuku y su familia.

La implicación y compromiso del Movimiento Misionero Mundial para hacer de sus Escuelas Dominicales un milagro allí donde Dios es solo una idea difusa no admite dudas. Por ejemplo, en Guinea Ecuatorial, país donde dos terceras partes de su población vive en extrema pobreza, según el Center for Economical and Social Rights, nada ha evitado que sean una luz de esperanza para miles de infantes ecuatoguineanos en medio del oscurantismo reinante en África. Bastará detallar que en medio de diversas carestías, pero con la fe abundante, el reverendo Edelmiro Ivina mantiene en pie la Escuela de la Iglesia de Malabo y domingo a domingo educa con los Evangelios a la niñez del continente más pobre del planeta.

Todos los que asisten a las Escuelas Dominicales de los cinco continentes, experimentan desde su primer contacto con la instrucción bíblica una comunicación única y especial con el Creador. Justamente, en Génova, al norte de Italia, la escuela local organiza periódicamente vigilias y retiros espirituales, en los que se robustece la esperanza de la gente joven en Dios y se practican ayunos de fe donde el objetivo es intimar con el Poder del Creador. Al respecto, el reverendo David Echalar, Supervisor Nacional del MMM en Italia, cuenta que la idea de la Obra es hacer posible que desde pequeños los futuros miembros de la Obra entreguen sus vidas a Dios.

Opción pedagógica reconocida y comprobada en sesenta puntos distribuidos en América, Asia, África, Europa y Oceanía, las Escuelas Dominicales del Movimiento Misionero Mundial se ubican en la vanguardia del aleccionamiento evangélico sobre asuntos primordiales de la Biblia.

Todos los domingos, en horario matutino, irrumpen sobre la tierra como un magma enérgico y potente desde el interior de la Obra para derramar encima de la faz del planeta las coordenadas esenciales de la doctrina cristiana. Una oportunidad que millones de niños como María, Raquel y Sara no desaprovechan y emplean para vivir fuera de las fronteras de los dominios del maligno. 

"A los niños hay que instruirlos en el camino del Señor y llenarlos del conocimiento de Su Palabra". Lo dice con la mayor convicción el reverendo Rodolfo González Cruz, Tesorero Internacional del Movimiento Misionero Mundial, en relación a la labor evangelizadora desplegada por las Escuelas Dominicales en el Perú, uno de los países con mayor índice de cristianos de Sudamérica, y su incidencia en la estructuración de la mayor red educativa de la Obra a nivel internacional: la Asociación Educativa Internacional Elim.

Todo comenzó en mayo de 1983 en Lima, capital de Perú, cuando el reverendo González Cruz surgió en la escena religiosa peruana y promovió a la Obra como el camino ideal y único para conocer a Dios. En ese contexto, preponderó la labor cristianizadora de la niñez del Perú a través de las Escuelas Dominicales y se entregó a la tarea de establecerlas en todo el territorio peruano con un éxito inusitado.

En la actualidad, con cerca de treinta años al servicio del Todopoderoso, las Escuelas Dominicales establecidas en La Perla del Pacífico son fuente de satisfacción para el MMM. ADN de los Colegios Internacional Elim, y con presencia en los veinticuatro departamentos de Perú, son un eje activo del pueblo evangélico peruano. La mezcla de una acertada estrategia pedagógica con diversas actividades dedicadas al Señor, y bajo el auspicio de la Obra, las mantiene en un lugar preferencial dentro de la enseñanza bíblica.

La importancia de la música


La importancia de la música
La música es una expresión indudable de fe y, por si fuera poco, es la única de las bellas artes que la Biblia menciona en sus escritos. Sin embargo, hay que tener cuidado, pues existe otro tipo de manifestación que colinda con lo oscuro.
El primer elemento sobre el significado y valor de la música en el cristianismo está en las propias páginas de la Biblia. El hecho de que exista un libro denominado Salmos da una idea más exacta de la importancia musical en la alabanza a Dios. Son innumerables los pasajes de la Biblia en la que se menciona a la música como manifestación de fe y adoración al Señor.

La música existió desde épocas inmemoriales, el Antiguo Testamento lo menciona en varias partes y existen indicios que prueban que los hombres y mujeres de la antigüedad

elaboraban melodías. La música fue hecha con un propósito sagrado, para elevar los pensa­mientos hacia lo puro, noble y elevador, para despertar en el alma la devoción y la gratitud hacia Dios.

El famoso compositor Juan Sebatian Bach decía que “la razón principal y final de toda música debería ser la gloria de Dios y refrigerio para el espíritu”. “Me alegraré y regocijaré en ti, cantaré a tu nombre, oh Altísimo”. Salmo 9:2.

Durante sus prédicas, el Rvdo. Luis M. Or­tiz dio mucha importancia a la música en los cultos y a la alabanza a Dios. Sin embargo, no dejó de lado la influencia maligna de otro tipo de expresiones musicales y los denunció en reiteradas oportunidades (ver nota en esta edición).

¿POR QUÉ LA MÚSICA EMOCIONA?

La música estimula directamente el tálamo.Éste controla las secreciones de la glándula tiroidea, la corteza adrenal y las glándulas sexuales. De ese modo influencia la velocidad del metabolis­mo como la producción de hormonas sexuales. El hipotálamo tiene un marcado efecto en la emisión de respuestas autónomas producto del temor, la ira y otras emociones.

La música se registra en la parte del cerebro que normalmente es estimulada por las emo­ciones, pasando por alto los centros cerebrales que tienen que ver con la inteligencia y la razón. Ira Altschuler, una de los investigadores, expli­ca que “la música no depende del cerebro cen­tral (centro de la razón) para obtener su ingreso al organismo, puede hacerlo por vía del tálamo -la estación alterna de todas las emociones-sen­saciones y sentimientos”. Esto significa que “la música ataca directamente el sistema nervio­so”, pasando por alto al cerebro. El sentido de la audición, más que los otros sentidos, hace el mayor impacto en el sistema nervioso.

Los nervios del oído están más ampliamen­te distribuidos y tienen más extensas conexio­nes que aquellas de cualquier otro nervio del cuerpo. Debido a esta extensa red de trabajo, escasamente existe una función del cuerpo que no sea afectada por las pulsaciones y combina­ciones armónicas de los tonos musicales.

DROGAS Y ROCK

Para muchos, el gran instigador de la leyenda negra del “rock” y las drogas es nada más y nada menos que Bob Dylan. El cantautor de Du­luth introdujo en 1964 a los todavía timoratos Beatles en los secretos de la marihuana. A Dylan le había iniciado el guitarrista Mike Bloomfield hallado muerto en su coche a causa de una sobredosis de heroína pocos años más tarde. Hasta entonces, los Beatles apenas habían ex­perimentado con las anfetaminas para soportar su alocado ritmo de vida. Con la “revelación” de Dylan, John Lennon y Paul McCartney ini­ciaron una fuerte relación con todas las drogas químicas conocidas. De su contacto con el LSD nacieron composiciones como “Helter skelter” o “Lucy in the sky with diamonds”, para muchos un elogio críptico a ese alucinógeno.

La influencia y repercusión del fenómeno Beatle hizo mella en otros artistas de la déca­da de los sesenta. Se trataba de romper con las barreras sociales y la juventud, imitando a sus ídolos. En 1967, Mick Jagger y Keith Richards fueron detenidos por primera vez por posesión de cocaína. Ese mismo año, Brian Epstein, “ma­nager” de los Beatles, murió por la ingestión de una sobredosis de barbitúricos.

Hay innumerables muestras de la influencia maligna que ejerceel rock and roll, el pop y el heavy metal, en los hombres y mujeres de todas las edades.

Las drogas están directamente relacionadas con la música rock; se sabe que el 90 % de los cantantes y miembros de los conjuntos de música rock son drogadictos, bisexuales o promiscuos sexuales. Las drogas, y la cocaí­na en particular, degeneran el comportamien­to síquico; conlleva a tendencias homicidas y suicidas. Es normal la alta cantidad de suicidios entre los cantantes de música rock.

Se conoce el caso de Michael Hutchence, lí­der de la banda australiana INXS, uno de sus más grandes éxitos era su canción favorita “Suicide Blonde”. Se ahorcó con un cinturón de cuero en el 5° piso del Hotel Ritz Carlton en Sydney, Australia.

Freddy Mercury murió de SIDA. Ian Curtis líder de la banda inglesa Joy Division, al igual que Hutchence, se ahorcó colgándose en la ducha.

Kurt Cobain, fundador de Grunge y líder de Nirvana, se mató de un tiro en la cabeza el 8 de abril de 1994. Es conocida la letra de su último disco, “Me odio y me quiero morir”.

La cantante y compositora Amy Winehouse, conocida por sus mezclas de diversos géne­ros musicales, incluidos entre ellos el soul, jazz, rock and roll y ska, fue encontrado sin vida en su apartamento en Camden, Londres por la policía londinense en el 2011.

Demasiados muertos y el rock aún no ha cumplido un siglo de existencia. Los mismos miembros de los grupos de rock enloquecen y se suicidan con su música y con la droga. El suicidio o la sobredosis persiguen a todos. El ritmo continuo del rock, sus estímulos sonoros, estimulan el consumo de marihua­na, pasta básica o cocaína y con ello viene la depresión l

La gran hecatombe sucedió a finales de “la década prodigiosa”. El 3 de julio de 1969, murió en Londres Brian Jones, guitarra de los “Rolling Stones”. Fue encontrado muerto en la piscina de su casa. La versión oficial habla de un acci­dente. La oficiosa y la más real, de los efectos de una sobredosis que le hizo perder el conoci­miento mientras nadaba.

El 18 de setiembre de 1970, Jimi Hendrix, para muchos el mejor guitarrista de “rock” de todos los tiempos, falleció camino del hospital ahogado en su propio vómito a consecuencia de la mezcla de barbitúricos ingeridos. Menos de un mes después, la cantante Janis Joplin, musa de la revolución “hippy”, fue encontra­da muerta el 8 de octubre en su habitación de un hotel de Hollywood. Sobredosis de heroína. Un año más tarde era Jim Morrison, líder de los “Doors”, quién fallecía en Paris después de que se cuerpo cediese ante los excesos en el consu­mo de estupefacientes y alcohol.

Después de este rosario de fallecimientos, canciones como “Sexo, drogas y rock and roll”, de Ian Dury, parecían superfluas. Durante los setenta, las estrellas del “rock” parecieron to­márselo más calma. Sin embargo, el 16 de agos­to de 1977, un verdadero escalofrío recorrió el cuerpo de todos los amantes del rock. Elvis Presley falleció en su mansión de Graceland, en Memphis, a consecuencia de una intoxicación de barbitúricos. Las drogas se habían llevado hasta al mismísimo “Rey”.

¿Se puede ser estrella del “rock” sin caer en la trampa de las drogas? Las opiniones son para todos los gustos. Keith Richards, miem­bro fundador, guitarrista y líder junto a Mick Jagger, de los “Rolling Stones”, es rotundo: “En el mundo musical, las drogas se usan por varias razones, independientemente de si eres una figura o un principiante. Nadie que no esté en este mundillo sabe lo que es una gira mundial. Es un infierno del que sólo te puedes evadir de esta forma. Yo reconozco públicamente que he tomado drogas, que he sido adicto a la heroína. Llegué a ir con una pistola por lo peor de Nue­va York buscando un gramo de brown sugar. Por suerte para mí, lo superé. Pero la droga no es ninguna broma”.

El flirteo con las drogas no es patrimonio de grupos “punk” o de “revolucionarios”. En el mundo del “rock” es moneda de uso corriente. Todo vale en el “show business” donde el di­nero manda y no se puede fallar. Las giras son agotadoras y debes estar fresco y radiante en cada concierto, pero difícilmente se puede ser un Supermán.

Las drogas, sean alcohol, barbitúricos, anfetaminas, alucinógenos, heroína, cocaí­na, marihuana o la combinación de varias de ellas, no distinguen entre músicos “buenos” como Prince y, ahora, Joe Cocker, y “malos”, como lo fue Sid Vicious, miembro de los “Sex Pistols”. El mismo Paul McCartney, arqueti­po de “rockero” bueno, nombrado “Sir” por la Reina Isable II y ejemplar padre de familia, fue arrestado en 1977 en Tokio por posesión de cocaína.

MÚSICA Y SATANISMO

La música llega a ser uno de los instrumentos que con más éxito usa Satanás para seducir la mente y apartarla del deber y de la contempla­ción de las cosas eternas. No hace demasiado tiempo ciertos investigadores descubrieron mensajes satánicos subliminalmente introduci­dos, tal vez inconscientemente, en algunos te­mas de grupos como Led Zeppelin o la popular Elo.

La teoría del mensaje satánico-subliminal, quedaría registrado en nuestro inconsciente cuando escuchamos la canción y, posteriormen­te, será el cerebro que lo decodifique, influen­ciando a través de esta nueva información. Como resultado de todo ello, se crean en el receptor estados de ansiedad y agresividad, o pesadillas. El consumo continuado de este tipo de música podría acarrear consecuencias imprevisibles, de­pendiendo naturalmente de la personalidad o la receptividad del oyente

lunes, 30 de julio de 2012


Wesley creyó, amó y obedeció


De estructura física delgada pero con músculos de hierro, Wesley cubrió en su tarea evangelizadora alrededor de cuatrocientos mil kilómetros, una distancia semejante a 10 vueltas alrededor del globo terráqueo.
Wesley creyó, amó y obedeció
Trescientos ocho años después de su nacimiento, John Wesley está vigente. Consagró su vida a Dios desde su niñez. Predicó sin desmayo la Palabra del Señor. Ejemplar pastor y teólogo inglés, sentó las bases de una forma de difundir el Evangelio.

La biografía de John Wesley, el varón de Jesucristo que originó un gran movimiento de renovación espiritual a mediados del siglo XVIII, no empezó el 17 de junio de 1703 –la fecha de su nacimiento-, comenzó mucho tiempo antes. Dios, por generaciones, preparó a dos familias de profundas convicciones evangélicas para ser los antepasados del hombre que cambió la historia religiosa del Reino Unido y marcó un antes y un después en el cristianismo mundial. Wesley fue el decimoquinto hijo de Samuel y Susana Wesley, ambos descendientes de dos estirpes consagradas a la fe en Cristo, y a lo largo de sus 87 años de vida se transformó en el predicar más prolífico y fecundo del Señor.

En sus primeros años de vida, Wesley, nacido en Epworth, Inglaterra, fue testigo de los diversos problemas sociales, políticos y religiosos que asolaron por aquel tiempo a Gran Bretaña. Así la gente que vivía cerca de su casa fue hostil con su familia debido a sus creencias y varias veces atacó su ganado, cosechas y hasta la misma casa de John. Cuando él tenía 6 años, aconteció un suceso donde la presencia del Altísimo se hizo evidente. Una noche el hogar de los Wesley fue incendiado. La familia escapó, pero John se había quedado durmiendo. Empero, fue salvado a último minuto gracias a la valentía de algunos vecinos. Esta experiencia quedó profundamente grabada en su memoria. Aquella noche sintió que Dios le salvó la vida con algún propósito especial.

A la edad de 10 años, luego de nutrirse con la fe sus progenitores, ingresó al Colegio de Charterhouse en Londres. Allí estudió lenguas clásicas, matemáticas y ciencias y se formó como un hombre de bien. Inmediatamente después pasó a la universidad de Oxford y mientras vivía una existencia disciplinada y austera, comenzó a reunirse con su hermano Charles y un grupo de otros profesores y estudiantes para orar y cultivar la lectura de la Biblia y hacer obras sociales siguiendo el ejemplo de Jesús. Ellos visitaban la cárcel, ayudaban a familias pobres y comenzaron una pequeña escuela. George Whitefield, otro gran evangelista de la época moderna, también fue miembro de este grupo al que se le llamó el “Club Santo”.

ENCUENTRO CON LUTERO

En octubre de 1735, John Wesley y su hermano Charles viajaron a América. John fue a servir como misionero en la ciudad de Savannah, parte de la colonia inglesa de Georgia, en tanto que Charles fue a desempeñar el cargo de secretario del fundador y gobernador de este territorio, el general James Edward Oglethorpe. En su primera misión religiosa, John hizo planes para celebrar servicios, visitó cada hogar y estableció una escuela para los hijos de los colonos. Además trató de enseñar a los indígenas, pero descubrió que los indios americanos tenían poco interés en escuchar la Palabra de Jesucristo de los hombres blancos, lo cual limitó su labor. Luego, tras dos años de muchas pruebas y frustraciones, regresó a Inglaterra.

Ya en Gran Bretaña, la noche del 24 de mayo de 1738, al escuchar la lectura de un comentario escrito por el reformador Martín Lutero, en un culto de oración, la vida de John Wesley cambió para siempre. Alguna vez afirmó: “sentí que mi corazón fue extrañamente conmovido, que confiaba en Cristo, y en Él únicamente para mi salvación, y me fue otorgada una certeza a mí de que Él había llevado y quitado mis pecados; sí, los míos, y que me había salvado a mí de la ley del pecado y la muerte”. Entonces empezó su ministerio. Recorrió toda Inglaterra y predicó sin descanso, las buenas nuevas del Altísimo. De esa manera, en vísperas de cumplir treinta y cinco años, inauguró el gran avivamiento evangélico del siglo XVIII.

De estructura física delgada pero con músculos de hierro, Wesley cubrió en su tarea evangelizadora alrededor de cuatrocientos mil kilómetros, una distancia semejante a 10 vueltas alrededor del globo terráqueo, la mayor parte a caballo. Bajo lluvias torrenciales, en los inclementes inviernos británicos con nieve y escarcha, siempre se mantuvo firme en la responsabilidad encomendada por el Creador. Sus biógrafos coinciden en que predicó además un estimado de cuarenta mil sermones y que podía recorrer cincuenta kilómetros a pie en un día o viajar a caballo hasta ciento treinta, sin descanso alguno. También apuntan que siempre despertó el interés del pueblo inglés y que llegó a reunir alguna vez a más de veinte mil personas.

John fue un hombre muy disciplinado. Planeó estrictamente las horas de cada día de su existencia y vivió un estilo de vida muy sencillo y austero. Asimismo, debido a su predilección por la literatura, redactó un estimado de 3,000 escritos sobre temas tan variados como teología, ciencia, lógica, medicina y música. Lo hizo, con la gracia de Dios, en tiempos complicados para el cristianismo y sin secretaria, máquina de escribir o computadora personal. Del mismo modo, escribió muchos libros devocionales que distribuyó entre sus seguidores y que debido a su gran éxito lo obligó a establecer su propia casa editora. Igualmente, el ministerio de Wesley no se limitó a Inglaterra. También se extendió por Irlanda.

LOS ÚLTIMOS AÑOS

Tocado por el Espíritu Santo, Wesley en todo momento mostró un interés particular en la niñez y en la juventud. Nunca se cansó de decirles a ellos, así como también a los adultos, que lo que debían hacer era “creer, amar y obedecer”. En ese contexto, el hijo de Samuel y Susana Wesley fundó el 24 de junio de 1748, en la ciudad de Kingswood, una escuela para la instrucción elemental de los niños y niñas desamparados del Reino Unido. En este espacio educativo popular, en sus orígenes, se enseñó diversas disciplinas seculares del saber humano, pero principalmente la Palabra de Dios. De igual forma, se encargó de proveer amparo a los necesitados y también construyó un dispensario médico a favor de los indigentes.

El 2 de marzo de 1791, a la edad de ochenta y ocho años, John Wesley culminó su paso por la tierra. Ese día Dios se llevó a su presencia a este hombre, santo y consagrado, quien en su lecho de muerte dijo: “lo mejor de todo es que Dios está con nosotros”. Su funeral, según su deseo, fue sencillo y uno de su biógrafos, William Henry Fitchett, describió que fue “llevado por seis hombres pobres, y dejó atrás nada más que una buena biblioteca, una toga muy gastada y una reputación muy amplia”. De este modo, acabó la vida del hombre más influyente de su tiempo, en el mundo de habla inglesa, que pregonaba que la tierra era su templo. Sin embargo, lo que él empezó se ha mantenido en pie por medio de los millones de seguidores del Rey de Reyes durante más de doscientos años.

miércoles, 25 de julio de 2012


Sinaí Santiago


Sinaí Santiago Díaz, la irrefutable prueba de la grandeza del Señor.Sinaí Santiago
Sinaí Santiago Díaz, la irrefutable prueba de la grandeza del Señor. La ciencia se rindió ante el crítico cuadro clínico que acompañó su existencia. Pero volvió de la muerte para testimoniar que nada es imposible para el Todopoderoso y multiplicar la Obra de Dios.

Cuando usted terminede leer esta semblanza habrá conocido la existencia de un defensor de la Palabra del Todopoderoso. Un luchador que, tras derrotar de forma milagrosa a los males físicos que mantuvieron en jaque su existencia y lo llevaron hasta la muerte, fue el símbolo del poder de Dios y la fe cristiana. Un hombre que en los últimos 28 años de su vida maravilló a la medicina, la ciencia y a millones de hermanos que conocieron, vieron y oyeron su espléndido testimonio de sanación y redención.

Fue hace 31 años, en 1980, cuando Sinaí Santiago Díaz, nacido el 26 de octubre de 1950, se convirtió en una prueba viviente de las grandes cosas que el Señor puede realizar en la vida de todo aquel que cree en su Palabra. Entregado a los caminos mundanos, con un cuerpo deslucido y famélico, atravesó la finísima línea que separa la existencia de la muerte y regresó airoso de las tinieblas por voluntad del Altísimo que lo bendijo con el milagro de la vida. El prodigio ocurrió en su natal Puerto Rico y determinó la transformación de un pecador en un varón del Señor.

Sinaí bordeaba los treinta años, once de ellos sufriendo un trastorno del esófago poco común llamado acalasia, que le impedía alimentarse con normalidad, y había sido condenado a muerte por el conocimiento terrenal. Tras ser declarado cadáver, y transferido a la morgue del hospital en el que se encontraba, el Eterno Dios cambió su destino y le encargó la misión de convertirse en señal humana de su grandeza.  El día de su histórica vuelta a la vida, luego de haber conocido desde muy niño acerca de Jesús pero nunca aceptarlo como su Señor, su clamor, y el de toda su familia, fue atendido desde los cielos y determinó la llegada de un nuevo hijo al Evangelio.

Pero, ¿cómo, cuándo y dónde empezó la milagrosa historia de Sinaí Santiago? Dedicando gran parte de sus días mundanos a la hojalatería y la pintura de autos, este hombre de profundas convicciones cristianas, tuvo su primer acercamiento con la Iglesia a la edad de 15 años. En Bayamón, un municipio costero de Puerto Rico, congregó por algún tiempo en el templo Defensores de la Fe. Fueron apenas unos meses que sembrarían el temor y amor por Dios.

Tiempo después, y luego de unir su vida con Norma Santiago López, el 15 de febrero de 1969, al hermano Sinaí se le diagnosticó cáncer al esófago y se le pronosticó una muerte segura a corto plazo. Sin embargo, cuando todo apuntaba a un rápido deceso, el Señor irrumpió en su presente y lo restableció ante la sorpresa de los médicos y especialistas del Centro Médico de Río Piedras, en San Juan (Puerto Rico), y la felicidad de Rosa María Díaz, su madre, quien había entregado su existencia al cristianismo unos meses antes. Fue el primer llamado de Cristo no atendido por Santiago y es que tras recuperar la salud reinició su vida secular.

Posteriormente, en 1975, volvió a sucumbir ante los males físicos. Acariciado una y otra vez por la gracia del Señor, pero dedicado de forma exclusiva a luchar diariamente para subsistir junto a su mujer y sus hijos, Leslie Marie y Adalberto, fue internado en el Hospital Regional de Bayamón de nuevo por problemas en su esófago. Sus constantes negativas a las exhortaciones del Todopoderoso, que le llegaron a través del Pastor Samuel Rodríguez, de sus familiares más cercanos y de otras personas, lo dejaron al borde de la muerte. Sin embargo, como en la anterior oportunidad, salió bien librado de los inconvenientes de salud por obra del Padre.

Después, en 1980, cuando creía que tenía controlada la enfermedad que lo aquejaba, Sinaí debió pasar por una prueba enorme y durísima impuesta por Dios. Un buen día, su primo Víctor Santiago, cansado de su egocentrismo y su desprecio por el Altísimo, le aseguró que oraría para que Jesucristo lo volviera a poner a prueba. El anuncio se cumplió y de forma muy dramática. Al pasar unos chequeos de rutina fue víctima de mala praxis por parte de un galeno inexperto, quien lo deportó con sus malas artes al abismo de la defunción.

Los médicos decretaron que había llegado su hora final, pero él, al verse conducido a la morgue, en un rapto extremo de conversión gritó con todas sus fuerzas: “Jehová es mi pastor; nada me faltará... Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”. Santiago afirmó en su paso por Perú, en la XIX Convención Nacional del Movimiento Misionero Mundial, en enero de 2008, que entonces retornó a la vida ante la conmoción generalizada. De inmediato, una gratitud casi natural lo llevó a entregarse a Dios, mientras su mujer hacia lo mismo debajo de un árbol a las afueras del nosocomio. En seguida, contó su verdad a la hermana Isabelita Falú y selló su unión al pueblo de Cristo.

En 1981, ya junto a Dios, levantó una Iglesia en el Barrio Galateo, del municipio de Toa Alta, uno de los más antiguos de Puerto Rico, y al poco tiempo se integró al Movimiento Misionero Mundial y llegó a convertirse en Pastor. Estudioso de la Biblia, inteligente y amable como ningún otro siervo del Señor, el Rev. Santiago atendió, de forma paralela, los campos de los barrios Limón y Palmarito del Municipio Corozal, en la región central portorriqueña, y durante una década engrandeció con su esfuerzo, dedicación y pasión la Obra del MMM y se proclamó como un defensor firme del cristianismo. Una labor que aún hoy, después de muchos años se valora y destaca como única.

Su trabajo al servicio del Creador prosiguió a partir de los noventa en la zona costera de Manatí, conocida por ser el centro de la piña de Puerto Rico, donde bajo su liderazgo la Obra ganó rápidamente espacio  y amplió su red de iglesias en beneficio de la salvación de un sinfín de almas que al conocer su testimonio no tardaron en convertirse. Después, en 1997, los Oficiales del Movimiento lo designaron Supervisor Nacional de su país en virtud a su prolija y fructífera labor. En tanto que en 2003 y 2004 fue nombrado Supervisor Misionero en República Dominicana y Haití y en 2005 fue nombrado Supervisor Nacional de República Dominicana.

Sinaí Santiago Díaz fue en resumen un hombre de Dios que luchó a favor de la consolidación de la Obra  y de la gloria del Todopoderoso por intermedio de un testimonio de vida milagroso y sólido que supo llegar a Colombia, Perú, Venezuela, Ecuador, Haití, República Dominicana y a diferentes partes de los Estados Unidos y se extendió por toda la red de hospitales de Puerto Rico y al resto del mundo. Una prueba palpable del poderío del Señor, que se marchó al cielo el 16 de septiembre de 2008, pero que dejó detrás de sí una estela de compromiso digna de imitar e igualar.

El mejor regalo de Dios
Me quedaría corta en palabras para describir todo lo que representó para mí el hermano Sinaí Santiago. Como amigo, esposo y Pastor fue lo mejor que tuve en mi vida. Fue, sin duda, el mejor regalo que Dios me hizo a lo largo de mi existencia. En lo individual, se destacó como una persona de gran inteligencia y trabajador indesmayable. Asimismo, agregaría que él, desde su conversión al evangelio, se entregó en cuerpo y alma al Movimiento Misionero Mundial y puedo dar testimonio de lo mucho que amó la Obra de Dios.

Sus principales logros para la gloria del Señor estuvieron ligados a los pueblos de Puerto Rico, Haití y República Dominicana. En estos tres países, donde gracias a su empuje y dedicación se edificaron un sinnúmero de iglesias y templos, su profundo amor por el Creador y su defensa inquebrantable de las Sagradas Escrituras lo llevaron a ser fuente de inspiración para miles de inconversos que al conocer su testimonio no tardaron en aceptar a Dios como su Salvador.